Conversación con Rafael Navarro

Sara Sáenz-Diez Alonso, para la revista Contraluz

 

 

Rafael Navarro (Zaragoza, 1940) agudiza todos sus sentidos, piensa, imagina, escarba en lo más profundo de su ser y crea. Él no toma una instantánea, él expresa con imágenes lo que con palabras sería imposible. Rafael plasma su alma en cada obra desde hace exactamente cuatro décadas. Autor de inicio tardío, nunca consideró que la fotografía fuera a convertirse en el instrumento fundamental de su vida. Su deseo de libertad y la necesidad personal de expresarse generaron un encuentro casual entre este hombre y su cámara.

Pongámonos en antecedentes, pues el tinte romántico de esta fortuita unión tiene mucho que ver con las circunstancias. El carácter introvertido de este artista y su justa sociabilidad se sumaron a la España oscura de los setenta que imploraba ansiosa un halo de luminosidad. De esta escaramuza surgió un ansia inmensa de libertad de expresión que según cuenta el protagonista del relato, “por algún lado tenía que reventar”. Encontró en la fotografía la manera de rebelarse e hizo de ella la razón de su existencia.

Comenzó con el reportaje y en su evolución se acercó al teatro y los deportes hasta hallar su marcado estilo personal. Fue presidente de la Real Sociedad Fotográfica de Zaragoza, en 1977 fundó, junto con Manuel Esclusa, Joan Fontcuberta y Pere Formiguera, el grupo Alabern y actualmente es Académico de Número de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis. Ha sido galardonado en varias ocasiones; en 2013 recibió el premio Aragón Goya, marcando un antes y un después al ser el primer fotógrafo que recibía esta mención. Su obra ha sido expuesta en galerías de todo el mundo, y está presente en destacados fondos como la Maison Européenne de la Photographie de París, los museos de Arte Contemporáneo de México, Buenos Aires o Japón, o el Centro de Arte Reina Sofía.

Rafael Navarro se sienta frente a mí, nos separan muchos kilómetros pero las pantallas de nuestros ordenadores de mesa salvan las distancias de alguna manera. Me escruta, y yo me debato entre formular alguna de mis preguntas o limitarme a sonreír. Sabe que trataré de desnudarlo como él desnuda a sus modelos y me ayuda buscando las palabras adecuadas en cada momento. Trata de ser elocuente y yo, humildemente, trato de desgarrar su piel para conseguir una fotografía de su alma.  Rafael me habla de sus comienzos, de la empresa familiar que gestionaba a sus treinta años, de sus influencias y de los grandes autores de los que ha ido absorbiendo ideas.

No quiero ser reiterativa, pero tengo que preguntarle por su máximo axioma: “un artista, si es sincero, se pasa toda la vida contando lo mismo”. Asiente tajante, su rostro emula un “porque sí” a gritos que hace eco en el silencio de su voz. Su mente trabaja velozmente para construir una respuesta comprensible para el resto de los mortales. “Si eres puro, si tu arte es natural, lo sacas de muy adentro, buscas la raíz intrínseca en ti y eso no cambia”, me explica.

Rafael no solo busca expresar un sentimiento en cada pieza, sino generar otro en el espectador, “que le produzca algo en las tripas”. Reconoce que existen dos formas de ver su obra: “hay quien se queda en una lectura superficial y hay quien se mete dentro”. “Lo que puede provocar diferentes interpretaciones, que incluso se alejen del mensaje que usted pretendía trasmitir”, alego. Esto no le produce ningún temor, de hecho, “eso es lo hermoso”. Este autor no formula planteamientos dogmáticos, sino que asienta férreos cimientos sobre los que el público elaborará su visión individual. “Si una obra es vista por cincuenta personas, generaré cincuenta sensaciones diferentes”, pronuncia entusiasmado. Para él, sus obras, una vez expuestas, “son como hijos que se emancipan”. “Cuando despiertan algo en otras personas es cuando están terminadas, en ese momento mi relación con ellas cambia completamente”. Las deja marchar, les da alas para que vuelen sin ataduras como él lo hace al gestarlas. Ni siquiera le gusta titularlas, “las palabras las circunscriben”, ha de ser la imaginación quien les otorgue esa virtud. ¿Por qué?, sigo escarbando. “Porque es cien mil veces más potente que cualquier lenguaje”.

Amargura, soledad y nostalgia son algunos de los trazos que se observan en sus series, o tal vez no, depende de quién se enfrente a ellas. Su técnica, “siempre desde la cámara”. Rafael emplea velocidades lentas de obturación para no mostrar lo que, a su juicio, ha de ser invisible para los ojos; se sirve de la abstracción y el ocultismo para alcanzar la sensualidad que impera en su fotografía. Mediante luces y sombras ha pintado un sinfín de figuras femeninas durante estos años, siempre con diferente intencionalidad.

Su don, la capacidad de sublimar cualquier parte del cuerpo, para alejarlo de la realidad y transformarlo en un concepto abstracto con un significado concreto. “Yo no fotografío una mano –me cuenta–, yo la utilizo para crear una sensación, no la dejo ser protagonista, es un simple vehículo”.

Le pregunto por dos de sus series, Evasiones (1975) y Danza de la vida y de la muerte (2003). Ambas protagonizadas por una mujer en movimiento frente a un fondo neutro. “Lo único que tienen en común es la técnica con la que fueron tomadas”, ratifica. La diferencia entre ellas reside en su vocación. “La primera es un canto a la libertad, prima el movimiento hacia otras posturas”, la segunda narra la transición entre la vida y la muerte, “arranca con una visión totalmente positiva y termina siendo algo negativo”.

Forma y textura son los elementos principales en su obra, le pido que priorice, pero no puede. “Ambos cumplen su función”. Las curvas del cuerpo y el atractivo de las pieles modelan el espíritu que Navarro trata de plasmar en sus creaciones.

Las más de cincuenta series que ha realizado en los últimos cuarenta años no son independientes, forman parte del todo que supone su trayectoria artística y que él no concibe como algo fragmentado. “Quien quiera saber de mí que vea mis fotografías”, ríe. Su legado no consiste en un compendio de obras de arte acumuladas durante años con una evolución técnica palpable. Su legado es la autobiografía de la vida interior que este artista ha experimentado a lo largo del tiempo.

No podemos olvidar hablar de sus Dípticos (1978-1985), su trabajo más reconocido. El proceso de creación de esta serie fue sustancialmente distinto al del resto. “Estos tienen claramente un nacimiento intelectual, cada composición construida entre dos imágenes es una idea concreta”. “Lo que tratan de expresar es el concepto de dualidad”, se acoge a las palabras de Marañón para hacerme ver “que nada es absoluto”. A Rafael le preocupa el equilibrio del mundo tanto como el de su propia vida, en la que también encuentra esa doble cara. Fue capaz de compaginar su trabajo en la empresa familiar, que nada tenía que ver con la fotografía, con una intensa producción artística. En esta serie, el autor sustituye el habitual eje horizontal de izquierda a derecha por un eje vertical. Yuxtapone unas imágenes con otras, las enfrenta o consigue que se complementen mediante líneas para crear una tercera realidad que muestre la ambigüedad del universo.

Nuestra charla alcanza su fin, le pregunto por los premios que ha recibido dentro y fuera de España y por los que estuvieron cerca pero nunca llegaron, por sus metas y sus proyectos de futuro. Poco le importan a este peculiar artista los galardones, “cuando lo consigues, piensas: ¿y ahora qué? y sigues hacia delante”. Hace cuarenta años que Rafael Navarro cogió una cámara con la única intención de saciar su hambre de mundo, entonces no se imaginó que llegaría a adquirir su actual estatus. Adoptó una postura ante la vida que le permitía gritar desde dentro y ser libre. Él no se propuso triunfar como artista, hizo del arte su camino y la vida fluyó.